Y seguimos contando… 43 jóvenes en Ayotzinapa

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Hoy 12 de agosto de 2006, mientras voy conduciendo, al ver la señal de tráfico avisándome de los límites de velocidad miro en un acto reflejo el contador de mi coche e inmediatamente me pongo a calcular. Desde hace un par de meses que se puso en vigor el carnet por puntos, la velocidad de nuestro vehículo y el pie en el pedal del acelerador se mueven en función de la tabla del 30. Recuerdo que, ya cuando se introdujo el euro, tuvimos que aprender el sistema sexagesimal.

Y, mientras sigo conduciendo, pienso que durante los últimos años y de forma más cercana a lo largo de este 2006 estamos aprendiendo, muy a pesar nuestro, otras tablas de multiplicar. Contamos de 7 en 7, con perplejidad y paralización, las 7 mujeres que al mes mueren en manos de sus antiguas o presentes parejas, todas del género masculino, ya es sabido. De 80 en 80 el número de trabajadores fallecidos en un mes en accidentes de trabajo, de 20 en 20 los muertos en las carreteras cada fin de semana, de 100 en 100 los hombres y mujeres que llegan a las costas en busca de una vida mejor; cada día podemos contar las 25.000 personas que durante las 24 horas que dura ese día mueren en el mundo de hambre y, con cada nueva estación, podemos contar los miles de muertos que se suceden con cada tragedia natural que el clima y la pobreza provocan en cada rincón del planeta.

En los últimos años contamos ya casi diariamente los muertos que se van sucediendo, parece que de manera irremediable, en Iraq y Palestina, y, en este último mes, furiosos e impotentes contamos, desde nuestra ventana occidental, los 1.000 muertos civiles asesinados en el Líbano por parte del ejército israelí.

Me gustaría contar otras cosas, números que reflejan esperanza, alegría o desarrollo. Sé que también los hay, pero me siento incapaz, mi cabeza es martilleada por la impotencia y desesperación de los que mueren de muerte injusta, de muerte evitable, de muerte abandonada. Quisiera dejar de contar.

Sol Moracho

12 de agosto de 2006