De aliento en aliento

Llega casi sin aliento, su corazón le late en las sienes y con la voz mínima, casi inaudible que recobra de su agotamiento logra nombrar a su amiga, la única librera del pueblo.

—Ábreme, querida amiga, ¡me van a matar, me van a matar!

Sus manos temblorosas golpean la puerta de madera derruida por el sol, el aire y las condenatorias miradas sobre una costumbre, la de leer, poco aplaudida en ese lugar centenario.

No se atreve a girarse, sabe que la han alcanzado, una multitud detrás de ella espera con letras en las manos a que les mire de frente. En ese mínimo pero infinito espacio de tiempo, lo que dura un aliento, recuerda que justamente aquí había empezado todo, aquel día en el que surgieron de su boca las palabras que provocarían su final. Las palabras malentendidas salieron de la librería y recorrieron las calles y los patios, brotaron de las fuentes, se adentraron en las casas por recodos, puertas y ventanas, con cada mente con la que se encontraron fueron mutando en unas palabras ya irreconocibles.

La devuelve al presente el ruido que hace al abrirse la pequeña mirilla de bronce, por la que asoman los ojos inermes de su amiga. 

—Ábreme, te lo ruego, no quiero morir.

—Yo tampoco —le responde con apenas un hilo de voz, cerrando ojos, mirilla y toda esperanza.

En el siguiente aliento se gira, viendo con cierta dificultad a una muchedumbre que comienza a arrojarle las letras atávicas con las que venía armada, se marea tras el impacto de una de ellas en su frente y ya, en un último aliento, recibe una tras otra las mortales letras pétreas, inamovibles, punzantes y pesadas, con el peso que da la omnipresente e inmutable tradición.

Ese día dejó de existir para todo el mundo, aislada y enterrada bajo las palabras de la sinrazón. Y para no expirar, espiró su renovado aliento, hizo la maleta con las cuatro cosas que necesitaba para vivir y se marchó de allí para siempre.

0122 – ‘tu mirada me define’

Sol Moracho

CC_BY-SA_3.0

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