Entre mis sábanas

Entre las sábanas, mi piel desprendía el olor del deseo. Sentía mi corazón trepidante, al contrario que mi respiración apenas perceptible para poder escuchar el ruido de la llave abriendo la cerradura de la puerta. Una hora antes la había dejado bajo el felpudo, siguiendo las instrucciones acordadas por chat el día anterior.  

Escuché como abría la puerta y entraba en el salón de mi casa. Sin encender la luz se descalzó, se quitó toda su ropa, la colocó tras doblarla en la silla más cercana y, con desinhibida desnudez, franqueó el pasillo dejándose guiar por la velas encendidas hasta llegar a mi habitación. A oscuras, pude entrever cómo se acercaba a los pies de mi cama adentrándose bajo el edredón, tras ese calor que albergaba mi cuerpo de poros abiertos. Sus manos hábiles comenzaron a recorrerme. Desplegó y ejecutó sus saberes con el mismo acierto con el que días atrás había manejado sus palabras, y mi amante sin rostro me volvió a llevar donde nadie más supo. 

Ambos compartimos el ahogo de no poder nombrarnos. Sin cruzar una sola palabra, brotaron jadeos cómplices de un placer inusual, de una pasión reprimida por tiempos indefinidos que vino para quedarse. Nuestra visión estaba anulada, pero el resto de los sentidos demostraron una facultad extraordinaria; sentidos por mucho tiempo deshabitados y que ahora trascendían un espacio y un tiempo para siempre quebrantados. 

Nuestros cuerpos empapados en sudor cesaron, dormidos y abandonados a un amanecer inequívoco. 

Cuando desperté, el sol desapasionado del invierno penetraba por la ventana y encendía el aire de mi cuarto. Mi cabeza ocupaba el lado contiguo al espacio vacío de la almohada. Se había marchado. 

Este era el punto esencial de nuestro acuerdo, no verse. Seguir desconociendo el rostro del otro, la voz del otro. Como hasta ahora en ese chat donde nos encontramos hace unos años entre millones de internautas, desafiando al azar más caprichoso y extraordinario. 

Hoy me ha vuelto a suceder. Me he cruzado con alguien que tenía su olor, y he vuelto la mirada hacia atrás en un involuntario y estéril anhelo por reconocerme en algún rasgo o gesto. En décimas de segundo he revivido aquellas horas inconfesables y, como en otras ocasiones, me ha dejado feliz y una sonrisa vertical para todo el día, y varias noches. 

Abro mi diario por la fecha doce de febrero y escribo: «Esa noche, en el rincón más íntimo e imperturbable de mi vida, la palabra se hizo carne y habitó por unas horas entre mis sábanas.» 

Sol Moracho

(1) Guiño a la colección de Literatura erótica de Tusquets Editores, La sonrisa vertical

Nota de la autora: Este es un relato sin género explícito de sus protagonistas. Será usted, lectora o lector, quien lo decida.

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